Presidente Abelardo De La Espriella durante su intervención en la Reunión de Alcaldes 2026, organizada por el Banco Interamericano de Desarrollo (BID).
Bogotá, 2 de septiembre de 2026
Me alegra mucho recibirlos en Bogotá, para este encuentro dedicado a pensar el presente y el futuro de las ciudades.
Quiero decirles algo desde el comienzo: no he venido solamente a contarles lo que el Gobierno nacional quiere hacer por las ciudades de Colombia. He venido a reconocer cuánto ha aprendido la patria de todas sus ciudades.
Buena parte de las innovaciones que después se convirtieron en políticas nacionales, en políticas públicas, aparecieron primero en las alcaldías. Me refiero al transporte, al catastro, la seguridad, la gestión fiscal, la atención social y la administración urbana.
Muchas veces las mejores políticas públicas no bajaron de un ministerio, sino que subieron desde una alcaldía. Hay un libro que me dejó una marca imborrable, La Ciudad Antigua, del historiador francés Fustel de Coulanges. Ese espectacular libro estudia un mundo completamente distinto del nuestro, pero deja una instrucción que conserva plena vigencia.
Una ciudad nunca es solamente una suma de calles, casas y edificios. Es antes que cualquier otra cosa una forma de convivencia, una manera de encontrarnos como sociedad. Y toda convivencia, queridos alcaldes, necesita un orden que la haga posible.
Por eso quiero detenerme hoy en dos asuntos que considero de singularísima importancia y trascendencia para la calidad de vida urbana, la seguridad y la movilidad. Empiezo por la seguridad, porque sin seguridad todo lo demás pierde valor. Un ciudadano puede vivir cerca de un parque maravilloso, de una avenida envidiable o de un gran sistema de transporte, pero si siente miedo cada vez que sale de su casa, no puede afirmar que vive bien, todo lo contrario.
SEGURIDAD, SINÓNIMO DE LIBERTAD
La seguridad ciudadana, queridos alcaldes, no es un asunto accesorio a la administración pública, es una condición indispensable de la libertad. Hablo de la libertad concreta, de caminar por una calle sin miedo, abrir un negocio sin tener que pagar extorsión, tomar el transporte público con tranquilidad sin que las mujeres tengan miedo a ser acosadas, y permitir que un hijo camine por su barrio y juegue en los espacios públicos sin temor a ser víctima de los antisociales y criminales.
Cuando la delincuencia se apodera de un barrio, de una esquina o de una zona comercial, no sólo aumentan las estadísticas de la criminalidad, sino que ocurre algo tremendamente grave: el ciudadano se retira y el bandido ocupa ese espacio, que le pertenece a la gente de bien.
El Estado tiene entonces la irrenunciable obligación de recuperar cada espacio que el crimen pretenda arrebatarle a la gente. Para ser eficaces se necesita una buena Policía, inteligencia y tecnología, como se ha hecho en Bogotá, así como coordinación entre las autoridades, capacidad de reacción rápida y una justicia capaz de castigar ejemplarmente a aquel que está delinquiendo. Pero eso no es suficiente, es necesario contar con gobernantes comprometidos que conozcan su territorio, que sepan dónde están los problemas y que no se acostumbren a convivir con esos problemas, sino que tengan la imperiosa necesidad de resolverlos día a día.
POR LA RAZÓN O POR LA FUERZA
La experiencia reciente de Colombia, que durante los últimos cuatro años estuvo regida por un gobierno complaciente con el terrorismo, enseña que la normalización del delito es una de las derrotas más graves que puede sufrir una sociedad. Queridos alcaldes, mi compromiso con el pueblo es devolverle la seguridad a la patria por la razón o por la fuerza. Tengo la decisión, la ardentía, el carácter y la autoridad para hacerlo.
Cuento con una fuerza pública vigorosa y con los medios necesarios para derrotar al crimen. Confío en encontrar aliados de todas las horas en los mandatarios municipales y distritales, para recuperar la tranquilidad de las ciudades y sus gentes. En cuatro años, si Dios lo permite, entregaré una Colombia distinta a la que recibí.
Una Colombia convertida en un remanso de paz, donde las familias puedan vivir sin miedo y donde la autoridad legítima del Estado se sienta en cada rincón de nuestra geografía nacional.
Lo repito con toda claridad y contundencia ante ustedes: para alcanzar la paz no voy a dialogar con el terrorismo. Lo estoy enfrentando con toda la capacidad del Estado dentro del marco de la Constitución y la ley, bajo el amparo del Estado de Derecho, hasta derrotar al crimen en todas sus expresiones. La paz no se puede construir sobre las intimidaciones de quienes empuñan las armas, ni sobre la resignación de los ciudadanos y los mandatarios locales. La paz verdadera se construye con la fuerza de las armas y las leyes de la República.
MOVILIDAD ES CALIDAD DE VIDA
Señores alcaldes, junto a la seguridad está un segundo asunto que afecta tremendamente y de manera sustancial la vida cotidiana de los ciudadanos: la movilidad.
Hay algo sobre lo que no se repara lo suficiente cuando se habla de transporte y movilidad. El tiempo es parte de la calidad de vida de un ciudadano, de una persona. Un ciudadano que debe pasar buena parte del día desplazándose entre su casa y el trabajo está sacrificando una porción importante, sustantiva, fundamental, considerable de su vida, de su semana.
Es tiempo que deja de compartir con la familia, de estudiar, de descansar, de hacer deporte o de simplemente de no hacer nada. Por eso en mi Gobierno tenemos como premisa que la política de movilidad no puede medirse únicamente en términos de kilómetros y vías construidas, sino en el tiempo que se consigue devolverles a sus ciudadanos para que vivan su vida como quieran vivirla. Ustedes en sus ciudades deben propender por un transporte público cada vez más eficiente, por una red vial en buen estado, por mejores conexiones y por una buena infraestructura peatonal.
Todo esto acompañado de la mejor planeación posible. Bogotá es un ejemplo de lo que significa pensar una obra por encima de un período de gobierno.
La primera línea del metro ha atravesado alcaldías y gobiernos nacionales. Así es como deben emprenderse los grandes proyectos de infraestructura, deben sobrevivir a los cambios políticos y a los avatares ideológicos, cuando están respaldados por estudios serios, financiación responsable y una necesidad real de solucionar los problemas de los ciudadanos. Es menester reconocer al alcalde Carlos Fernando Galán por haber mantenido ese rumbo con criterio técnico y sentido de ciudad. Gracias, alcalde, por su compromiso con Bogotá.
Como presidente de la República de Colombia he asumido el compromiso insoslayable de contribuir a la terminación de la línea número 1 y avanzar en las líneas 2 y 3 y comenzar a pensar desde ahora, querido alcalde, en la línea 4. No tiene sentido construir miles de viviendas para salir después a resolver el problema de la movilidad de sus habitantes, el de los colegios, el de los servicios públicos o el del sistema de transporte público que los atenderá. Hay muchos ciudadanos que viven en un municipio, trabajan en otro y estudian en un tercer municipio. Sus problemas cotidianos no se detienen ante una frontera municipal y por tanto las soluciones tampoco pueden hacerlo.
Seguridad, transporte, agua, vías y servicios públicos exigen una respuesta cada vez más de orden metropolitano y una coordinación más estrecha entre las autoridades. Mi gobierno tiene el propósito de trabajar con alcaldes y autoridades locales respetando sus competencias, pero partiendo de algo elemental, sencillo, práctico: quien gobierna un territorio, conoce mejor sus problemas que cualquier funcionario del orden nacional.
Durante décadas el Estado creyó que gobernar bien significaba concentrar las decisiones en Bogotá. Como lo dije el día de mi posesión, mi visión es diametralmente opuesta. Cuanto más cerca del ciudadano pueda tomarse una decisión, mayores posibilidades existen de que esa decisión sea la adecuada, sea la apropiada.
TERRITORIOS APORTAN SOLUCIONES
La nación tiene el deber de ayudar desde su capacidad financiera, técnica e institucional, pero las soluciones urbanas no pueden ni deben diseñarse desde el centro del país. Debe ser en los territorios, con los alcaldes, con los gobernadores. Quiero llevar esa misión lógica a la relación con la banca multilateral.
No es razonable que todos los recursos tengan que hacer escala en el gobierno nacional para después comenzar un largo trayecto hasta el territorio donde finalmente será ejecutado el proyecto. Mi Gobierno abrirá caminos para que el crédito, las garantías y la asistencia técnica puedan llegar de manera mucho más directa a las ciudades, allí donde están las necesidades y donde se adoptan las decisiones que afectan la vida cotidiana de los ciudadanos. Hoy el desafío es muy distinto al que plantea el libro de La Ciudad Antigua al que hice referencia al principio de mi intervención.
Construir grandes espacios urbanos modernos y libres es lo que millones de personas pueden y desean, siempre y cuando tengan seguridad, dignidad y oportunidades. Y eso se consigue con calles seguras, transporte eficiente, buena infraestructura y autoridades capaces de anticiparse a los problemas, en vez de limitarse a correr detrás de ellos.
Queridos alcaldes, le pido a Dios que les dé sabiduría para gobernar sus ciudades, firmeza para proteger con determinación a quienes las habitan, y claridad para tomar las decisiones que tantas veces resultan difíciles pero que son necesarias.
Que Dios Todopoderoso bendiga a los alcaldes, a sus equipos de trabajo y a todos los ciudadanos que cada día hacen posible la vida de nuestras ciudades. Bienvenidos a Bogotá. Espero que estos días sean provechosos y que se lleven de Colombia buenas ideas también para sus ciudades.